miércoles, 15 de febrero de 2012

El Miláno

Creo que todo montero que se precie debería tener como libro de cabecera, ese tratado de valor incalculable que recogen las sabias palabras y pensamientos cinegeticos del rey Alfonso XI de Castilla titulado "Libro de la Montería".
En el decano de los libros de caza, podemos encontrar la verdadera esencia de la palabra montear, concebida como la unión de la tradición, el respeto a la naturaleza y los mas ancestrales instintos del hombre que conjugados otorgan a la caza el apelativo de arte.
En los tiempos que corremos el noble arte de la montería, ha sido muchas veces, pero no siempre, difuminado con una visión comercial mas enfocada a los resultados que a la realización como cazadores que somos y que nos gusta llamarnos.
Este no es un relato como muchos otros, este relato es una llamada a volver a la esencia, a recuperar el verdadero espíritu de la caza, a valorar el monte por encima del resultado, a vivir las tradiciones como antaño, a encontrar el Montero que llevamos dentro, en definitiva a poder decir al termino de una jornada montera....."Hoy hemos hecho arte lo que algunos solo llaman caza".
Es por ello, que allí estábamos, un sábado de febrero, en plena Castilla La Mancha, concretamente en Ciudad Real, tierra de buenas fincas, mejores monteros y bravos perreros.

Dicen aquellos que mas saben de monte y de rañas, los rehaleros, por
bregar toda su vida  por sus entrañas, que la sierras manchegas son duras de pelar, frondosas en jaras, alcornoques, quejidos y aunque no tan magestuosas como las de Montes de Toledo, repletas de venao y sobre todo guarro, ideales para esas regalas cochineras tan apreciadas por los monteros viejos.
Y así era la mancha que hoy íbamos a montear, espesa, dura, con pedrizas en los altos y rayas bien amplias.

El dia amaneció soleado, el rocío todavía brillaba y no tenia pinta de descongelarse pues la temperatura era siberiana; mas tarde supimos que hacia -4 grados. Cuando amanece así el dia, reflejando los rayos de sol por encima del monte, con ese olor a encina y tierra, con ese frío que te despierta, es entonces cuando es difícil no embozar una sonrisa y pensar que el hombre no debió nunca abandonar el campo.
Cuerda del Pichón

Con la ilusión de un dia de caza, llegamos a la casa donde se realizaría el tradición desayuno y el sorteo. Da gusto encontrarse con una buena lumbre nada mas entrar a la que dirigirse después de presentar los debidos respetos a los dueños y demás monteros.
Me acompañaba esta vez mi gran amigo "El Cantabro", el cual dio buena cuenta de las migas con chorizo y torreznos. Hay que reconocer que en El Rondal, las migas son insuperables. Es mas, creo que el estupendo ambiente que se crea entre los monteros mientras desayunan, comentando viejos lances, monterías próximas y la situación de la mancha, es propiciada  por ese desayuno de migas que siempre se alarga debido a que todo el mundo esta agustisimo.

Como el sol brillaba decidimos salir a la calle, para fumarnos un
cigarro y esperar el sorteo disfrutando del dia. En la sierra, en el campo, en el monte, las pequeñas cosas alcanzan un valor insuperable, todo acto tiene una relevancia inusitada, cada gesto evoca recuerdos olvidados, es lo que el gran Ortega llamaba "el embrujo místico de la sierra".
Mientras el resto de monteros se unían a nosotros y hacían sus corros, se podía palpar la espectácion existente. El ambiente se cargaba de risas, historias y sobre todo de tradición. Escuchando a los monteros mas mayores, sabias captar la esencia de la montería, aprendida esta
de generacion en generacion.

Mientras se organizaba el sorteo vino a mi mente los consejos de mi 
padre y mentor: "El dia de Monteria es un día importante. Hay que llevar humildad, templanza, paciencia, mucha prudencia, ganas de aprender, ganas de disfrutar de esa jornada, y olvidarse de falsas apariencias, de soberbia, de presunción, de osadía y de imprudencias".
El capitán de montería nos llamo al silencio, "El Almirante" como le voy a llamar con su grave voz de muchos años bregando en la Armada, explico la situación de la mancha y recalco las mas prudentes e importantes normas de seguridad, procediendo al sorteo, no sin antes rezar por los monteros muertos y por el buen desarrollo del dia de caza.
Alzar la mirada y nuestras almas a Dios es algo natural en el cazador que no se entendería sin el pensamiento que todo depende de El.

Una vez sorteado, con mas o menos suerte, pues nos había tocado "la
cuerda del pichón", nos preparamos para esperar la salida de nuestra armada. Son minutos de silencio y espera, deseando que Dios nos conceda suerte en la jornada.
Al calor de una buena lumbre
Una vez en el monte, después de seguir al postor en el mas estricto silencio llegamos a nuestro puesto. Debo decir que el puesto no podía ser mas bonito. Arriba de la sierra, encima de unas peñas, con unos tiraderos amplios y con unas vistas inmejorables sobre toda la mancha.
Mientras nos colocábamos, identificandonos debidamente con los puestos de los lados, una ligera brisa se levanto golpeando nuestras caras, que mas adentrado el dia se convertiría en un viento bastante molesto y que además nos hacia airear.

Oímos claramente la suelta de los perros. Las rehalas y los rehaleros
eran conocidos perreros de la comarca, que conocían muy bien la mancha. Las primeras ladras estuvieron acompañadas por múltiples corridas principalmente de ciervas y venados. Desde nuestra atalaya de piedras veíamos la montería perfectamente, viendo el magnifico trabajo de los perros y escuchando los primeros tiros.
La montería avanzo y pudimos disfrutar de un precioso lance de nuestro puesto de al lado, que abatió un cochino enorme. Como pudimos comprobar después, era un arrocho viejo, viejo, con unas navajas de miedo aunque la izquierda estaba rota. Me quedo con la imagen de la junta de carnes cuando el guarda de la finca de acerco al guarraco y le susurro:"- Ya te han pescao, cuantas veces no pudieron, el monte se queda sin uno de los grandes"
El gran macareno

Los perros, trabajaban a destajo, se notaba que estaban en forma al  ser casi el final de temporada. Los podencos amastinados  dieron buena cuenta de varias ciervas y los perros de presa cogieron varias guarras a las cuales se les podían oír gritar desde el puesto.
Al final El Cantabro y yo no pudimos cazar nada, pero disfrutamos como enanos de las vistas y de la montería viendola de principio a fin,oyendo al monte, sintiendo la caza, imaginando  a los monterosexpectantes, viviendo en definitiva "La Monteria", siendo el resultado de la monteria 6 venados y 14 guarros.
Junta con 6 venados y 14 guarros
Pero si tengo que hacer un resumen del dia diría que: Disfrutamos de un dia de caza, rodeados de amigos monteros, con mas o menos suerte de cara al lance, con frío o calor, con viento o sin el, respetando las mas antiquísimas costumbre y tradiciones, viviendo el espíritu de la caza conservada durante siglos por nobles personas y esto hace pensar que el cielo que nos espera será un enorme cazadero donde practicaremos eternamente el noble arte de la caza.
Jaime y Alvaro con un bonito venado
Por A.A.A

3 comentarios:

  1. Gracias Alvaro por esta colaboración. Muy bien narrado, da gusto!

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  2. Enhorabuena Álvaro, muy buen relato además de agradable y bien narrado. A ver si va a ser de familia!

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  3. Muy buen relato Álvaro!! Enhorabuena!

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